ACTOS REVOLUCIONARIOS



Aunque toda la vida he sido rebelde y he cuestionado casi todas las cosas que se dan por sentadas en la sociedad, no soy amiga de los grandes gestos ni manifestaciones. Tengo mucho que agradecer a quienes han salido a marchas y han protestado por las causas sociales de las que hoy me beneficio, pero no he sido protagonista de ese tipo de lucha. Mi revolución personal ha estado centrada en las cosas sencillas.

Con el traslado al campo, adopté algunos cambios en mi estilo de vida que pueden ser considerados como actos revolucionarios. A continuación, algunos ejemplos:

Minimalismo.Y con esto no me refiero a tener una casa de revista de diseño, con ambientes elegantes y ordenados. En mi caso, se refiere a haber limitado el número de objetos, prendas, utensilios, productos y demás a cinco o menos, para estar más ligera de equipaje. Máximo cinco de cada cosa. Y, si se puede, menos.

Reparación. No hay un acto que esté más en contra del capitalismo que reparar. He vuelto a mis  clases de manualidades, a bordar, coser y tejer, para reparar prendas de ropa que se rompen pero aún sirven; a transformar sacos viejitos en camas para los perros y a apoyarme en mis talentosos vecinos para temas de carpintería y arreglos en casa. Esto implica también soltar creencias asociadas a que hay que desechar las cosas rotas por temas de energía. En mi caso, prefiero hacer caso de las leyes de la naturaleza y creer en la energía transformadora de reparar, y no aumentar los desechos en el mundo.

Equilibrio. En un mundo que nos invita a la actividad constante y que juzga a quienes se detienen a percibir el presente, es revolucionario detenerse a desayunar con tranquilidad antes de iniciar la jornada laboral, hacer pausas activas para cuidar el cuerpo y tener momentos de descanso real, sin hacer nada y sin tener el teléfono en la mano. Soy partidaria de organizar mi tiempo para hacer mi trabajo honradamente y ser igualmente honesta conmigo y mi necesidad de descansar.

Vivir en paz. Las redes sociales nos invitan constantemente a la confrontación. Han inventado estrategias para crear bandos y hacer que tomemos partido en toda clase de contiendas, desde guerras a gran escala hasta discusiones entre amigos. En alguna parte aprendí que la energía que invertimos en los conflictos los alimenta. Desde ese momento decidí no aportar mi energía a ninguna guerra, ni grande ni pequeña. Ese es mi aporte: vivir en paz, incluso con los bichos con los que comparto espacio.

Respetar los procesos de la naturaleza. Soy solo una habitante más del campo. Los seres que me rodean tienen más claridad de cómo funcionan las cosas que yo. Mi mejor aporte al medio ambiente es interferir lo menos posible en sus procesos. Así descubrí que, si dejo en paz a las avispas del balcón, ellas no se meten conmigo; que la araña de mi puerta hace una tela nueva cada noche y me protege de los chinches; que las zarigüeyas se alimentan de insectos venenosos y que puedo reubicar a una que otra serpiente de las que vive en el jardín. Al comienzo me creía en la obligación de defender a unos animales de otros. Ahora sé que lo mejor es dejarlos ser.

Hay algunas cosas adicionales, pero por ahora creo que estos son los temas y los alcances de mi revolución personal de los que puedo escribir con la conciencia tranquila. Como toda revolución, es un proceso lento y de muchos aprendizajes. Pero ahí vamos... cambiando lo que podemos en el mundo. Un paso a la vez.

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