MANUAL DE SUPERVIVENCIA A LA ADICCIÓN TELEFÓNICA

 


Cuando uno vive solo, es fácil confundir el teléfono con compañía y dejar que este aparato se convierta en una extensión de la mano. Está ahí en las mañanas, desde que me despierta con la alarma; es cámara fotográfica mientras camino, reproduce mi música favorita, me resuelve las pequeñas dudas de la vida y es mi canal de comunicación con el mundo a través de las tres redes sociales que uso. También es mi principal herramienta de trabajo, debido a que hago uso de él para estar conectada con la oficina, tanto por correo como por la aplicación de mensajería instantánea.

Todo muy útil, todo muy normal, hasta que las estadísticas de uso empezaron a mostrar que pasaba cerca de diez horas conectada al día y me empecé a sentir ansiosa cuando no tenía el teléfono en la mano. Claro, no todos los días, no todo el tiempo. Y como me suelo contar cuentos cuando quiero justificar un comportamiento poco saludable, me inventé excusas: lo necesito porque es mi conexión con el mundo y debo tenerlo a mano en caso de emergencia. Convincente y conveniente, pero no del todo cierto.

El teléfono es la principal herramienta del marketing para crearnos sensación de carencia. Acá debo ser honesta y hacer una advertencia necesaria en estos tiempos de expertos en redes sociales: los comentarios que hago a continuación son impresiones y opiniones personales. No tienen el respaldo de ninguna investigación que las sustente. Seguramente existen, y he oído de ellas, pero no las usé mientras escribí estas líneas.

En Spotify nos enseñan lo poco que sabemos y nos ofrecen conocimientos gratis y pagados sobre todos los temas, a todas horas. O lo triste que es nuestro día sin una banda sonora constante, no elegida libremente, ya que, por supuesto, el algoritmo sabe mejor que nosotros lo que queremos oír.

En Facebook, por estos días, ni siquiera disimulan su intervención en política, y el algoritmo nos hace sentir que, sin nuestro “Me gusta”, el candidato que apoyamos no va a alcanzar sus objetivos. Además, elige comentarios de odio para ponernos el señuelo de la ira, a ver si nos enzarzamos en una pelea y compartimos nuestra intolerancia con el mundo.

En Instagram nos hacen una oferta personalizada de estilos de vida, frases de crecimiento personal y memes que incluyen frutas enfurecidas por lo mal que comemos, animalitos de inteligencia artificial llevando a cabo toda suerte de actos heroicos y estándares de belleza inalcanzables para todos los gustos y, especialmente, para el nuestro. Todo cuidadosamente aderezado con publicidad de cosas que, curiosamente, coinciden con nuestras búsquedas en Google o con conversaciones personales con familia y amigos.

Ni hablar de WhatsApp y la sensación de que nos estamos perdiendo un mensaje o un estado importante, o peor aún, de que no estamos informando al mundo de nuestras actividades y pensamientos en la medida en que surgen.

No tengo TikTok, Threads o X, y uso LinkedIn para temas estrictamente laborales, pero tengo suficiente alienación con lo que tengo.

De este modo, en un momento de iluminación de esos que tengo cuando estoy desvelada, decidí hacer dieta telefónica. Una especie de ayuno intermitente de acceso al teléfono: pasar de diez a tres horas de conexión total al día.

Silencio en las mañanas mientras trabajo y reemplazar la ansiedad de tomar el teléfono por tareas pendientes. Así mantengo mi bandeja de entrada y mi casa impecables.

En lugar de revisar cada minuto, a ver si tengo mensajes, esperar las notificaciones para consultarlos.

Un ratito de música o podcasts al mediodía, durante el descanso después del almuerzo.

Los fines de semana, actividades sociales reales o trabajo en el jardín.

En la noche, el tiempo restante para cumplir la meta se divide entre un ratito para revisar las redes sociales y otro para ver mi serie favorita.

Y luego, escribir un rato a mano y descansar.

Como todo proceso de desintoxicación... un día a la vez.

Comentarios

  1. Excelente reflexión: todos somos víctimas de esta alienación de los medios pero por fortuna existen salidas como leer, caminar, compartir con la gente cercana y nuestras mascotas; en fin, desdeñar lo virtual y vivir la realidad. Esos tips que recomiendas están muy oportunos y pertinentes, yo por mi parte estoy que cierro facebook por lo inútil (con algunas excepciones muy esporádicas) no tengo instagram pero resulté vinculado sin proponérmelo a tik tok y me llega mucha basurita; es preferible Youtube donde por lo menos uno puede buscar lo que le interese y no esperar a que el puto algoritmo le quiera imponer a uno su manipulación comercial. Spotify no tengo y nunca tendré pues solo me interesaría la música y esa la tengo organizada en carpetas de mp3 a mi gusto y sin imposiciones... Es más si pudiera volvería con gusto a comprar un tocadiscos y LPs de vinilo a la usanza antigua... Tanta modernidad puede llegar a convertirse en una verdadera pesadilla y la gente ni se da cuenta... pobrecitos!

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