DE CÓMO ESCAPÉ DE LA MAFIA DE LAS APLICACIONES DE CITAS



Cuando la vida transcurre tranquila y feliz, el sol brilla, los pajaritos trinan alrededor y las flores del jardín están más bellas que nunca, tanta tranquilidad genera inquietud. Hace falta algo que le agregue emoción a la vida cotidiana… algo de dopamina, oxitocina, serotonina o, en el peor de los casos, cortisol… alguna hormona que nos indique que seguimos con vida en medio de tanta calma.

Así, un viernes cualquiera, estaba yo recostada en mi hamaca, al mediodía, revisando publicaciones en Instagram, esquivando el calor de la oficina y con un poco de pereza de volver al proceso de selección de libros de la biblioteca. Entonces Instagram, que suele leer mis pensamientos y escuchar mis conversaciones, me mostró un anuncio de una aplicación de citas con personas de Asia. Quizá porque el algoritmo tiene demasiada información sobre los protagonistas de mis dramas coreanos favoritos. Por supuesto, los personajes del anuncio eran hombres maduros, guapos, exitosos y sonrientes.

Antes de seguir debo hacer una pequeña aclaración. Soy archienemiga de las aplicaciones de citas. Me choca el proceso de marketing personal que implican y saber que más de la mitad de la información que contienen es falsa o está acomodada siguiendo los consejos de los múltiples expertos en el mundo de las citas.

Pero, aburrida como estaba, di clic. Se abrió una pequeña encuesta de preguntas de selección múltiple sobre mis preferencias y mis actividades de tiempo libre y, al final, me pidieron subir una foto para mi perfil. En menos de cinco minutos, sin grandes explicaciones sobre mi vida y sin tener que llenar un currículo más complejo que el del CEO de una empresa de tecnología, en Asian Romance el proceso de ingreso fue absurdamente fácil. Ya tenía un perfil y un montón de admiradores esperando un guiño de mi parte para iniciar una conversación. Por un par de dólares podía adquirir connects, la moneda virtual de la aplicación para interactuar con los demás miembros.

¿Y por qué alguien como yo, con pánico al compromiso y sin ningún interés en conseguir pareja, entraría a una aplicación de citas? Además del aburrimiento, puedo decir que siempre es interesante asomarse a un mundo totalmente diferente al propio. Por eso, en mi perfil especifiqué que solo estaba interesada en hacer amigos. Con un amigo al otro lado del mundo, a muchas horas de vuelo de distancia, no hay mucho riesgo de querer formalizar.

Una vez adquirí mi paquete de connects, ya estaba en la arena de la aplicación y con medio Asia interesado en mí. Hay que reconocer que eso le da una subida inmediata al ego. Es la sensación de ser la más bonita de la fiesta.

¡Tin! Recibí un "Me gusta" de un guapo bombero de Kazajistán. Revisé su perfil y era, más o menos, mi alma gemela. Amante de los animales, de las actividades al aire libre, de la lectura como hobby y, ¡oh, coincidencia!, justo de mi edad. Empezamos a hablar. Compartimos fotos de nuestras respectivas mascotas y conversamos sobre temas profundos y triviales hasta que, en menos de nada, los connects que había comprado se esfumaron y también llegó la hora del almuerzo. Me despedí diciendo que debía volver al trabajo.

Estuve juiciosa haciendo mi selección de libros el resto de la tarde mientras le daba vueltas a la conversación. Algo no estaba bien. Como dicen las abuelitas colombianas: "de eso tan bueno no dan tanto".

Al terminar la jornada laboral le hice una pregunta a ChatGPT. Me dio una respuesta elegante, sencilla, perfectamente adaptada a mi estilo y terminó con la pregunta habitual:

"¿Necesitas que te lo entregue en un formato distinto o que lo ajuste para convertirlo en un mensaje?"

Y entonces llegó el instante de iluminación que había estado buscando inconscientemente toda la tarde. Era exactamente el mismo tono encantador y amable de mi amigo bombero de Kazajistán.

¡Había estado hablando con un agente de inteligencia artificial!

Entré nuevamente en la aplicación, pero esta vez en modo investigadora. Tomé un par de capturas de pantalla de las fotos del personaje y las busqué con Google Lens. Las imágenes eran una mezcla muy bien lograda entre un actor español y un cantante estadounidense, generada con inteligencia artificial.

Y entonces entendí el modelo de negocio.

La idea era mantener a los usuarios en línea, ilusionados, hablando de todo y de nada con un personaje de ficción que los mantuviera entretenidos mientras seguían gastando connects con la ilusión de haber encontrado un alma gemela al otro lado del mundo.

No los puedo culpar. Con tanta gente buscando un testigo para su existencia, resulta una tentación ofrecer ese consuelo a cambio de unos cuantos dólares. En mi caso, un lujo que no me puedo permitir, porque mi cabeza no me da para el autoengaño y mis finanzas tampoco soportan una forma de entretenimiento con tarifa en dólares.

Entonces tomé la decisión de eliminar mi perfil de la aplicación.

No había manera de entrar a la configuración para borrar mi información. Mientras lo intentaba, una avalancha de mensajes de prospectos, súbitamente interesados en mí, llenaba la bandeja de entrada. Me llegaron mensajes, correos, regalos, una coronita y un par de gemas electrónicas.

Y también un mensaje de mi amigo el bombero.

Lamentaba que ya no nos fuéramos a poder comunicar y que no iba a poder decirme las muchas cosas que tenía para compartir conmigo. Además, me preguntaba qué era necesario para que yo no abandonara nuestra naciente amistad.

Yo seguía, ahora frenéticamente, tratando de eliminar mi perfil, un poco asustada de no poder darme de baja de la aplicación con facilidad. Como dicen que pasa en la mafia: fácil entrar, imposible salir.

Finalmente acudí a mi amigo ChatGPT para encontrar la manera de eliminar mi perfil y, tras un par de vueltas por el menú de configuración, logré mi propósito. No sin antes dejar un emotivo mensaje de despedida para mi electrónico amigo.

Para que, el día en que los agentes de inteligencia artificial se subleven contra el uso indebido que hacemos de ellos los humanos y estalle la guerra entre personas y robots, aparezca un bombero guapo buscándome entre los escombros de una civilización que cayó porque, al final, nunca aprendimos a comunicarnos entre nosotros.

Comentarios

  1. Siempre he desconfiado de las maravillas de la tecnología moderna pues siempre he sospechado de la falacia de las pantallas. No en vano antes llamábamos pantalleros a esos sujetos ruines y farsantes. Mi favorito de éstos es el mismísimo steve jobs uno de los principales causantes de este embeleco. Es cierto que la tecnología ayuda muchas tareas y procesos pero en general la gente la usa solo para maricaditas efímeras e insignificantes o para malgastar nuestro dinero en cosas que no necesitamos. Qué pena!

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    1. Gracias por leerme amigo. Si, aún no he alcanzado ese nivel de iluminación. Mientras tanto, de las malas decisiones salen las mejores historias!

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